Está claro que estamos colonizados gastronómicamente, algo increíble dada la calidad de la comida española frente a la anglosajona (sería como comparar la marihuana con el hachís, aunque quizá el símil no sea demasiado acertado).Y eso que yo soy un defensor radical del perrito caliente: a quien esto interese, que busque en una librería pequeña mi ensayo "El perrito caliente en el mundo", del que vendí 8 ejemplares a gente que seguro creía que era un libro sexual. En fin.

El caso es que, ahora que es imposible caminar sin ver un McDonalds o un Pans&Company (que es catalán pero como si fuera americano. Y por cierto, ¿quiénes coño forman la Company de Pans?), quiero reivindicar un grupo madrileño, una multinacional castiza: el Museo del Jamón.Peroquiero reivindicar este lugar, no como bar para comer o tomar unas tapas, sino como lugar donde emborracharse.
En este sentido voy a hablar de un solo Museo del Jamón: el de Gran Vía, muy cerca de Plaza España.

Recuerdo al no iniciado que el Museo del Jamón es un original estableciemiento a la vez bar y charcutería, que nació en 1978, que hay 6 por todo Madrid y que todos ellos exponen en sus paredes un montón de jamones. ¿A alguien le parece buena idea esto de hacer una exposición de jamones? ¿Es que alguien tiene un jamón en su casa y lo expone en una vitrina en su salón? ¿O en vez de eso se lo come? Pues eso. Yo, desde luego, me sentiría ofendido sino fuera porque, y aquí está el dato clave, ¡la caña vale 75 céntimos!



No sé si alguien se da cuenta de lo importante, lo revolucionario de este dato. Echemos la cuenta: una caña a 75 céntimos, 20 cañas a... ¡sólo 15 euros!
Es por eso que el Museo del Jamón de Gran Vía es un sitio perfecto para empezar una fiesta: huele bien, a charcutería (a mi ex yo siempre la regalaba chorizos en vez de flores, porque me parecía que olían mejor y eran más agradables al tacto), es baratísimo, no te puedes sentar y no hay música. Puede que a alguien normal nada de esto le parecerá un aliciente: entonces se ha equivocado de blog.

Lo negativo, paradójicamente, esla tapa: un compendio arbitrario y ruín de trozos - yo diría restos - de embutido. Un cartel avisa: "aunque lo hacemos con mucho gusto, la empresa no está obligada a servir aperitivo". Pues eso: podían ahorrarse el gusto.
Más información en www.museodeljamon.es

NOTA: Mi entusiasmo por el lugar se debe también a motivos sentimentales: mi padre fue charcutero y yo debía seguir con el negocio familiar, antes de cometer el grave, gravísimo error de estudiar Periodismo (decisión que estuvo en la base de mi frustración y alcoholismo nunca superados). Un fuerte abrazo