En Madrid, para cuando no abunda el dinero (algo que a mí me pasa a menudo, a pesar de la herencia que recibí hace poco de mi padre, que nunca me vio en persona... supongo que por eso me dio su dinero para que lo dilapidase sin piedad) es bueno conocer algunos bares donde, por una caña y gratuitamente, te den abundantes dosis de comida. Algunos son bastante conocidos, y de todos hablaremos en algún momento.
Hoy voy a hablar de El Boñar de León, un lugar para hambrientos y poco escrupulosos. Leyendo esto, alguien con prejuicios (¿y quién no?), pensaría: "hambrientos y poco escrupulosos=vagabundos). Pues también los hay que entran con una bolsa del Día (que han robado, por supuesto, porque cuestan dinero) y se la llevan llena de "comida", por llamarla así.

(Esta foto no tiene que ver con nada, a no ser que el lector piense que se apela a su capacidad para percibir la intertextualidad y las más sutiles sugerencias literarias)

Me explico: El Boñar es un bar y un restaurante: como restaurante ignoro sus calidades culinarias, así que me centraré en lo primero: y como bar no tiene desperdicio:
Por una caña (1 euro y pico,3 la grande, que lleva tapa más grande siguiendo una lógica lógica, y que redunden las redundancias); por una caña, decía, te ponen un platazo de paella, tortilla de patata o alitas de pollo, todo bien aceitoso y de calidad industrial: es decir, privilegiando la cantidad frente a la calidad y los escrúpulos. Y hablo de escrúpulos porque, además de la fauna de obreros, vagabundos y pobretones que poblamos el local, y además del lagartoque, dentro de una botella, decora el bar (el decorador fue un tipo conocido por su familiacomo "El puto loco"), y que yo creo está vivo y espera su momento para hacerse con el poder; además de todo esto, decía que decía (hoy estoy complicado y como tal enredo y tergiverso), el bar está decorado y amenizado por varios insectos que campan a sus anchas: al menos un servidor ha visto moscas (cuyo sabor a caucho no me gusta) y cucarachas (cuyo regusto crujiente me fascina y me remite a la tierna infancia) pululando sobre la paella y la tortilla (no así sobre las alitas de pollo, porque creo que siguen vivas y los insectos son carroñeros pero no carnívoros).
En realidad esto no es grave: quien conoce el bar firma un contrato implícito, por el cual es alimentado abundantemente por muy poco dinero a cambio de dejar los escrúpulos en la puerta. Yo personalmente no tengo ningún problema, y disfruto con las tapas enormes e inagotables servidas por las recias manos de unos camareros muy amables. Unas manos que, espero, están sucias: quien no come la comida servida con las manos sucias no es un hombre; a quien le dan asco los bichos tampoco: ¿es que ya nadie va con sus amigos a cazar jabalíes sabiendo que lo divertido de la caza es que se sabe cuántos van pero no cuántos volverán? ¿Dónde está el espíritu de riesgo, la lucha del campesinado por conservar su estilo de vida, la sobriedad castellana luchando contra el frío y seco clima, el ímpetu heroico de quien se arranca las muelas con unas tenazas? Puede parecer que me voy del tema, pero todo está interconectado: El Boñar de León, con su olor a sudor, sus platos desproporcionados, su ambiente sórdido y acogedor, representa los valores más perdurables de una España forjada con la sangre que derramó la espada del Gran Pelayo.
Y a quien le den asco las cucarachas, que se largue con traidores "exquisitos" como Ferrán Adriá, símbolo de la decadencia de nuestra angosta civilización. Quien tenga escrúpulos sí que da asco.
Además, en el Boñar se pueden vivir escenas inolvidables de confraternización entre seres humanos: el otro día, apaciguaba el hambre comiendo pollo y bebiendo cerveza, rodeado de nobles trabajadores, cuando en la radio sonó "Purple Rain". En el estribillo, todos empezamos a cantar: "parpol rein, parpol rein, a uachi uani uochi porpol rain". Nos miramos y nos sonreimos. Algunos se abrazaron. A mí se me cayó una lágrima, que cayó sobre mi plato matando a un pequeño mosquito que compartía mi plato. Por un momento, creímos en la felicidad. Aquella noche, con tres de ellos, dormí y vomité en un banco de Plaza España, recordando buenos tiempos como aquellos.
Me he puesto nostálgico. Hasta la próxima.
(El bar está aquí)